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Max Weber: La política como vocación Página 1 de 27 Max Weber (1919): La política como vocación Las ideas contenidas en los siguient es trabajos fueron expuestas en una conferencia pronunciada, por invitaci ón de la Asociación Libre de Estudiantes de Munich, durante el invierno revolucionario de 1919, y van así marcadas con la inmediatez de la palabra hablada. Esta conferencia formaba parte de un ciclo, a cargo de diversos oradores, que se proponía servir de guía para las diferentes formas de actividad basadas en el trabajo intelectual a una juventud recién licenciada del servicio militar y profundamente trastornada por las experiencias de la guerra y la posguerra. El autor comp letó más tarde su exposición antes de darla a la imprenta y la publicó por vez primera en su forma actual durante el verano de 1919. (Nota de Marianne Weber, en Heidelberg, agosto de 1926). Max Weber nació el 21 de abril de 1864 en Erfurt y murió el 14 de junio de 1920 en Munich. Es, por tanto, una persona que nació y murió en Alemania. También se educó y vivió en este país. Así que lo acontecimientos históricos de esa época influyeron en él de forma importante. Hijo de un importante político del partido nacional liberal y acaudalado industrial, estudió derech o, economía, historia, filosofía y teología en las universidades de He idelberg, Estrasburgo, Berlín y Gotinga. Tras una tesis sobre las compañías comerciales en la Edad Media (1889) y su habilitación con un trabajo titulado Historia agraria de Roma (1892), fue nombrado catedrático de economía en la universidad de Friburgo (1894). Posteriormente ocupó cátedras en las universidades de Heidelberg (1 896) y Munich (1919). Junto con Durkheim, Weber contribuye a hacer de la Sociología una disciplina autónoma, al dotarla de un método y un objeto de estudio específicos. Sus obras principales son “Economía y sociedad” (primera edición en castellano en 1964), “La ética protes tante y el espíritu del capitalismo” (1969), “Sobre la teoría de las ciencias sociales” (1971), “Ensayos sobre metodología sociológica” (1958) o “Ensayos de sociología contemporánea” (1972). Weber, como ya he comentado, es considerado sobre todo sociólogo, y también economista. La obra que aquí nos ocupa: fiLa política como vocaciónfl pone claramente de manifiesto su interés por la psicología, cosa no destacada hasta la actualidad. En ella Weber habla a un público joven a cerca de las situaciones que condicionan al político y de las características psicológicas que debe tener una persona para que se la considere un fipolítico de vocaciónfl. Weber es hijo de un empresario y político alemán, además (como en esta obra se demuestra) un atento observador de la vida política alem ana y mundial, y fue cofundador del Partido Demócrata Alemán. Su paso po r la política fue poco exitoso, pero lo suficientemente intenso como para que fuera capaz de captar muchas de las esencias del compor tamiento humano en este contexto. Empleando un lenguaje impreciso, ps icológicamente hablando, de lo que habla son de las conductas, cognicio nes y emociones que debe poseer una persona que desee ser político. Podemos considerar esta obra como precursora de otra que los psicólogos políticos debemos escribir en breve. Empleando el conocimiento ps icológico actual, hay que describir el perfil psicológico adecuado para ser político en las sociedades actuales y darlo a conocer. El texto que aquí se incluye es la obra completa. El único cambio realizado es resaltar algunos textos en negrita. (Nota de Enrique Martín, en Madrid, agosto de 2001).

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Max Weber: La política como vocación Página 2 de 27 La conferencia que, accediendo a sus deseos, he de pr onunciar hoy les defraudará por diversas razones. De una exposición sobre la políti ca como vocación esperarán ustedes, incluso involun tariamente, una toma de posición frente a los problemas del momento pr esente. Esto, sin embargo, es cosa que haré sólo al final, de un modo puramente formal y en conexión con determinadas cuestiones relativas a la importancia de la actividad política dentro del marco general de la conducta humana. De la conferencia de hoy quedarán excluidas, por el contrario, todas la s cuestiones concernientes a la política que debemos hacer, es decir, al contenido que debemos dar a nu estro quehacer político. Estas cuestiones nada tienen que ver con el problema general de qué es y qué significa la política como vocación. Pasemos, pues, a nuestro tema. ¿Qué entendemos por política? El concepto es extrao rdinariamente amplio y abarca cualquier género de actividad directiva autónoma. Se habla de la política de divisas de los bancos, de la política de descuento del Reichsbank, de la política de un sindicato en una huelga, y se puede hablar igualmente de la política escolar de una ciudad o de una aldea, de la política que la presidencia de una asociación lleva en la dirección de ésta e incluso de la política de una es posa astuta que trata de gobernar a su marido. Naturalmente, no es este amplísimo concepto el que serv irá de base a nuestras consideraciones en la tarde de hoy. Por política entenderemos solamente la dirección o la influencia sobre la dirección de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado . ¿Pero, qué es, desde el punto de vista de la cons ideración sociológica, una asociación política? Tampoco es éste un concepto que pueda ser sociológicamente definido a partir del contenido de su actividad. Apenas existe una tarea que aquí o allá no haya sido acometida por una asociación política y, de otra parte, tampoco hay ninguna tarea de la que puede decirse que haya sido siempre competencia exclusiva de esas asociaciones políticas que hoy llamamos Estados o de las que fueron históricamente antecedentes del Estado moderno. Dicho Estado sólo es definible sociológicamente por referencia a un medio específico que él, como toda asociación política, posee: la violencia física. fiTodo Estado está fundado en la violenciafl, dijo Trotsky en Br est-Litowsk. Objetivamente esto es cierto. Si solamente existieran configuraciones sociales que ignorasen el medio de la violencia habría desaparecido el concepto de fiEstadofl y se habría instaurado lo que, en este se ntido específico, llamaríamos fianarquíafl. La violencia no es, naturalmente, ni el medio normal ni el único medio de que el Estado se vale, pero sí es su medio específico. Hoy, precisamente, es es pecialmente íntima la relación de l Estado con la violencia. En el pasado las más diversas asociaciones, comenzando por la asociación familiar, han utilizado la violencia como un medio enteramente normal. Hoy, por el contrario, tendremos que decir que Estado es aquella comunidad humana que, de ntro de un determinado territori o (el territorio es el elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima . Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del fiderechofl a la violencia. Política significará, pues, para nosotros, la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder en tre los distintos Estados o, dent ro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen . Esto se corresponde esencialmente con la acepción hab itual del término. Cuando se dice que una cuestión es política, o que son fipolíticosfl un ministro o un funcionario, o que una decisión está políticamente condicionada, lo que quiere significarse siempre es que la respuesta a es a cuestión, o la determinación de la esfera de actividad de aquel funcionario, o las condiciones de esta decisión, dependen directamente de los intereses en torno a la distribución, la conservación o la transferencia del poder. Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder fipor el poderfl, para gozar del se ntimiento de prestigio que él confiere . El Estado, como todas las asociaciones políticas que hi stóricamente lo han precedido, es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima (es decir, de la que es vista como tal). Para subsistir necesita, po r tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan. ¿Cuándo y por qué hacen es to? ¿Sobre qué motivos internos de justificación y sobre qué medi os externos se apoya esta dominación? En principio (para comenzar por ello s) existen tres tipos de justificaci ones internas, de fundamentos de legitimidad de una dominación. En primer lugar, la legitimidad del fieterno ayerfl, de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación de los hombres hacia su respeto. Es la legitimidad fitradicionalfl, como la que ejercían los patriarcas y los príncipes patrimoniales de viejo cuño. En segundo término, la autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinaria, la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para las revelaciones, el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee. Es esta autoridad carismática la que detentaron los profetas o, en el terreno polític o, los jefes guerreros elegidos, los gobernantes

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Max Weber: La política como vocación Página 3 de 27 plebiscitarios, los grandes demagogos o los jefes de los partidos políticos. Tenemos, por último, una legitimidad basada en la legalidad, en la creencia en la validez de preceptos legales y en la competencia objetiva fundada sobre normas racionalm ente creadas, es decir, en la or ientación hacia la obediencia a las obligaciones legalmente establecidas; una dominación como la que ejercen el moderno fiservidor del Estadofl y todos aquellos titulares del poder que se asemejan a él. Es evidente que, en la realidad, la obediencia de los súbditos está condicionada por muy poderosos motivos de temor y esperanza (temor a la venganza del poderoso o de los poderes mágicos, esperanza de una recompensa terrena o ultraterrena) y, junto con ello s, también por los más diversos intereses. De esto hablaremos inmediatamente. Pero cuando se cuestionan los motivos de legitimidad de la obediencia nos encontramos siempre con uno de estos tres tipos puros. Estas ideas de la legitimidad y su fundamentación interna son de suma importancia para la estructura de dominación. Los tipos puros se encuentran, desde luego, muy raramente en la realidad, pero hoy no podemos ocuparnos aquí de las intrincadas modificaciones, interferencias y combinaciones de esto s tipos puros. Esto es co sa que corresponde a la problemática de la fiteoría general del Estadofl. Lo que hoy nos interesa sobre todo aquí es el segundo de estos tipos: la dominación producida por la entrega de los sometidos al ficarismafl puramente personal del ficaudillofl. En ella arraiga, en su expresión más a lta, la idea de vocación. La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra, o del gran demagogo en la Ecclesia o el Parlamento, significa, en efecto, que esta figura es vista como la de alguien que está internamente llamado a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, fivive para su obrafl. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el di scipulado, el séquito, el partido. El caudillaje ha surgido en todos los lugares y épocas bajo uno de estos dos aspectos, los más importantes en el pasado: el de mago o profeta, de una parte, y el de príncipe guerrero, jefe de banda o condottiero, de la otra. Lo propio del Occidente es, sin embargo, y esto es lo que aquí más nos importa, el caudillaje político. Surge primero en la figura del fidemagogo fl libre, aparecida en el terreno de l Estado-ciudad, que es también la creación propia de Occidente y, sobre todo, de la cu ltura mediterránea, y más tarde en la de fijefe de partidofl en un régimen parlamentario, dentro del marco del Estado constitucional, que es igualmente un producto específico del suelo occidental. Claro está, sin embargo, que estos políticos por fivocaci ónfl no son nunca las únicas figuras determinantes en la empresa política de luchar por el poder. Lo decisivo en esta empresa es, más bien, el género de medios auxiliares que los políticos tienen a su disposición. ¿Cómo comienzan a afirmar su dominación los poderes políticamente dominantes? Esta cuestión abarca cualquier forma de dominación y, por tanto, también la dominación política en todas sus formas, tradicional, legal o carismática. Toda empresa de dominación que requiera una admini stración continuada neces ita, de una parte, la orientación de la actividad humana hacia la obediencia a aquellos señore s que se pretenden portadores del poder legítimo y, de la otra, el poder de disposición, gracias a dicha obediencia, sobre aquellos bienes que, eventualmente, sean necesarios para el empleo del poder físico: el equipo de personal administrativo y los medios materiales de la administración. Naturalmente, el cuadro administrativo que representa hacia el exterior a la empresa de dominación política, como a cualquier otra empresa, no está vinc ulado con el detentador del poder por esas ideas de legitimidad de las que antes hablábamos, sino por dos medios que afectan directamente al interés personal: la retribución material y el honor social. El feudo de los vasallos, las prebendas de los funcionarios patrimoniales y el sueldo de los actuales servidores del Estado, de una parte; de la otra el honor del caballero, los privilegios estamentales y el honor del funcionario constituyen el premio del cuadro administrativo y el fundamen to último y decisivo de su solidaridad con el titular del poder. También para el caudillaje carismático tiene validez esta afirmación; el séquito del guerrero recibe el honor y el botín, el del demagogo los spoils, la explotación de los dominados mediante el monopolio de los cargos, los beneficios po líticamente condicionados y las satisfacciones de vanidad. Para el mantenimiento de toda dominación por la fuer za se requieren ciertos bienes materiales externos, lo mismo que sucede con una empresa económica. Todas las organizaciones estatales pueden ser clasificadas en dos grandes categorías según el principio a que obedezcan. En unas, el equipo humano (funcionario o lo que fueren) con cuya obediencia ha de contar el titular del poder posee en propiedad los medios de administración, consistan éstos en dinero, edificios, material bélico, parque de transporte, caballos o cualquier otra cosa; en otras, el cuadro administrativo está fiseparadofl de los medios de administración, en el mismo sentido en que hoy en día el proletariado o el empleado fiestánfl separados de los medios materiales de producción dentro de la empresa capitalista. En estas últimas el titular del poder tiene los bienes requeridos para la administración como una empresa propia, organizada por él, de cuya administración encarga a servidores personales, empleados, favoritos u hombres de confianza, que no son

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Max Weber: La política como vocación Página 4 de 27 propietarios, que no poseen por derecho propio los medios materiales de la empresa; en las primeras sucede justamente lo contrario. Esta diferencia se mantiene a través de todas las organizaciones administrativas del pasado. A la asociación política en la que los medios de la administración son, en todo o en parte, propiedad del cuadro administrativo dependiente la llamaremos as ociación fiestamentalmentefl estructurada. En la asociación feudal, por ejemplo, el vasallo paga de su propio bolsillo los gastos de administración y de justicia dentro de su propio feudo, y se equipa y aprovisiona para la guerra; sus subvasallos, a su vez, hacen lo mismo. Esta situación origin aba consecuencias evidentes para el poder del señor, que descansaba solamente en le vínculo de la lealtad personal y en el hecho de que la posesión sobre el feudo y el honor social del vasallo derivaban su filegitimidadfl del señor. En todas partes, incluso en las configuraciones políticas más antiguas, encontramos también la organización de los medios materiales de la administración como empres a propia del señor. Éste trata de mantenerlos en sus propias manos, administrándolos mediante gentes dependientes de él, esclavos, criados, servidores, fifavoritosfl personales o prebendados, retribuidos en especie o en dinero con sus propias reservas. Intenta, igualmente, atender a los gastos de su propio bolsillo, con los productos de su patrimonio, y crear un ejército que dependa exclusivamente de su persona porque se aprovisiona y se equipa en sus graneros, sus almacenes y sus arsenales. En tanto que en la asociación fiestamentalfl el señor gobierna con el concurso de una fiaristocraciafl independiente, con la que se ve obligado a compartir el poder, en este otro tipo de asociación se apoya en domésticos o plebeyos, en grupos sociales desposeídos de bienes y desprovistos de un honor social propio, enteramente ligados a él en lo material y que no disponen de base alguna para crear un poder concurrente. Todas las formas de dominación patriarcal y patrimonial, el despotismo de los sultanes y el Estado burocrático pertenecen a este tipo. Especialmente el Estado burocrático, cuya forma más raciona l es, precisamente, el Estado moderno. En todas partes el desarrollo del Estado moderno comienza cuando el príncipe inicia la expropiación de los titulares fiprivadosfl de poder administrativo que junto a él existen: los propietarios en nombre propio de medios de administración y de guerra, de recurs os financieros y de bienes de cualquier género políticamente utilizables. Este proceso ofrece una analogía total con el desarrollo de la empresa capitalista mediante la paulatina expropiación de todos los productores independientes. Al término del proceso vemos cómo en el Estado moderno el poder de disposición sobre todos los medios de la empresa política se amontona en la cúspide, y no hay ya ni un solo funcionario que sea propietario del dinero que gasta o de los edificios, recursos, instrumentos o maquinas de guerra que utiliza. En el Estado moderno se realiza, pues, al máximo (y esto es lo esencial a su concepto mismo), la fisep araciónfl entre el cuadro administrativo (empleados u obreros administrativos) y los medios materiales de la administración. De este punto arranca la más reciente evolución que, ante nuestros ojos, intenta expropiar a este expropiador de los medios políticos y, por tanto, también del poder político. Esto es lo que ha hecho la revolución [Se refiere Weber a la revolución espartaquista de Alemania] , al menos en la medida en que el puesto de las autoridades estatuidas ha sido ocupado por dirigentes que, po r usurpación o por elección, se han apoderado del poder de disposición sobre el cuadro administrativo y los medios materiales de la administración y, con derecho o sin él, derivan su legitimidad de la voluntad de los dominados. Cuestión distinta es la de si sobre la base de su éxito, al menos aparente, esta revolución permite abrigar la esperanza de realizar también la expropiación dentro de la empresa capitalista, cuya dirección, pese a las grandes analogías existentes, se rige en último término por leyes muy distintas a las de la administración política. Sobre esta cuestión no vamos a pronunciarnos hoy. Para nuestro estudio retengo sólo lo puramente conceptual: que el Estado moderno es una asociación de dominación con caráct er institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que, a este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de ellos por derecho prop io, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas . Ahora bien, en el curso de este proceso polític o de expropiación que, con éxito mudable, se desarrolló en todos los países de l globo, han aparecido, inicialmente como servidores del príncipe, las primeras categorías de fipolíticos profesionalesfl en un segundo sentido, de gentes que no querían gobernar por sí mismas, como los caudillos carismáticos, sino que actuaban al servicio de jefes políticos . En las luchas del príncipe contra los estamentos se colocaron del lado de aquel e hicieron del servicio a esta política un medio para ganarse la vida, de una parte, y un ideal de vida, de la otra. De nuevo, es sólo en Occidente en donde encontramos es te tipo de políticos profesionales. Aunque sirvieron también a otros poderes, y no sólo a los príncipes, fueron en el pasado el instrumento más importante del que éstos dispusieron para asentar su poder y llevar a cabo el proceso de expropiación a que antes aludíamos.

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Max Weber: La política como vocación Página 5 de 27 Aclaremos bien, antes de seguir adelante, lo que la ex istencia de estos fipolíticos profesionalesfl representa desde todos los puntos de vista. Se puede hacer fipolíticafl (es decir, tratar de influir sobre la distribución del poder entre las distintas configurac iones políticas y dentro de cada una de ellas) como político fiocasionalfl, como profesión secundar ia o como profesión principal, exactamente lo mismo que sucede en la actividad económica . Políticos fiocasionalesfl lo somos todos nosotros cuando depositamos nuestro voto, aplaudimos o protestamo s en una reunión fipolíticafl, hacemos un discurso fipolíticofl o realizamos cualquier otra manifestación de voluntad de género análogo, y para muchos hombres la relación con la política se reduce a esto. Políticos fisemiprofesionalesfl son hoy, por ejemplo, todos esos delegados y directivos de asociaciones políticas que, por lo general, sólo desempeñan estas actividades en caso de necesidad, sin fiviv irfl principalmente de ellas y para ellas, ni en lo material ni en lo espiritual. En la misma situación se encuentran también los miembros de los Consejos de Estado y otros cuerpos consultivos que sólo funcionan cuando son requeridos para ello. Pero no sólo éstos; también son semiprofesionales ciertos grupos bastante numero sos de parlamentarios que solamente hacen política mientras está reunido en el Parlamento. En el pasado encontramos grupos de este tipo en los estamentos. Por fiestamentosfl entendemos el conjunto de poseedores por derecho propio de medios materiales para la guerra o para la administración, o de poderes señoriales a titulo personal. Una gran parte de estas personas estaba muy lejos de poner su vida al servicio de la política, ni por entero, ni principalmente, ni de cualquier forma que no fuese purame nte circunstancial. Aprovechaban más bien su poder señorial para recibir rentas o beneficios, y sólo desarrollaban una actividad política, una actividad al servicio de la asociación política, cuando se lo exigían expresamente el señor o sus iguales. Tampoco es otra la situación de una parte de esas fuerzas auxiliares que el príncipe suscitó en su lucha por crear una empresa política propia, de la que sólo él pueda disponer. Así sucedía con los ficonsejeros áulicosfl y, yendo aún más lejos, con una parte de los consejeros que integr aban la fiCuriafl y otras corporaciones consultivas de los príncipes. Pero a los príncipes no les bastaba, naturalmente, con estos auxiliares ocasionales o semiprofesionales. Tenían que intentar la creación de un equipo dedicado plena y exclusivamente a su servicio, es decir, un cuadro de auxiliares profesionale s. La procedencia de estos auxiliares, la capa social en donde fueron reclutados, habría de determinar muy esencialmente la estructura de las nacientes políticas dinásticas; y no sólo de ellas, sino también de toda la cultura a que en ellas se desarrolló. En la misma necesidad se vieron, y aún con mayor razó n, aquellas asociaciones políticas que, habiendo eliminado por entero o limitado muy ampliamente el poder de los príncipes, se constituyeron políticamente en lo que se llaman comunidades filibresfl; filibresfl no en el sentido de estar libres de toda dominación violenta, sino en el de que en ellas no existía como fuente única de autoridad el poder del príncipe, legitimado por la tradición y, en la mayor parte de los casos, consagrado por la religión. Estas comunidades sólo nacen también en el Occidente y su germen es la ciudad como asociación política, la cual aparece por vez primera en el círculo cultural mediterráneo. ¿Cómo se presentan en todos estos casos los políticos fiprofesionalesfl? Hay dos formas de hacer de la polít ica una profesión. O se vive fiparafl la política o se vive fidefl la política . La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de lo s casos, también materialmente. Quien vive fiparafl la política hace fide ello su vidafl en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de fialgofl. En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo. La diferencia entre vivir para y el vivir de se sitúa, pues, en un nivel mucho más grosero, en el nivel económico. Vive fidefl la política como profesió n quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive fiparafl la política quien no se halla en este caso . Para que alguien pueda vivir fiparafl la política en este sentido económico, y siempre que se trate de un régimen basado en la propiedad privada, tienen que dars e ciertos supuestos, muy triviales, si ustedes quieren: en condiciones normales, quien así viva ha de ser económicamente independiente de los ingresos que la política pueda proporcionarle. Dicho de la manera más simple: tiene que tener un patrimonio o una situación privada que le proporcione entradas su ficientes. Esto es al menos lo que sucede en circunstancias normales. Ni el séquito de los príncipes guerreros ni el de los héro es revolucionarios se preocupan para nada de las condiciones de una economía normal. Unos y otro s viven del botín, el robo , las confiscaciones, las contribuciones o imponiendo el uso forzoso de medios de pago carentes de valor, procedimientos todos esencialmente idénticos. Sin embargo, éstos son, necesariamente, fenómenos excepcionales; en la economía cotidiana sólo el patrimonio posibilita la independencia. Pero con esto aún no basta. Quien vive para la política tiene que ser además económicamente fil ibrefl, esto es, sus ingresos no han de depender del hecho de que él consagre a obtenerlos todo o una parte importante de su trabajo personal y sus pensamientos. Plenamente libre en este sentido es so lamente el rentista, es decir, aquel que percibe una renta sin trabajar, sea que esa renta tenga su origen en la tierra, como es el caso de los señores del pasado o los terratenientes y los nobles de la actualidad (en la Antigüedad y en la Edad Media había también

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Max Weber: La política como vocación Página 6 de 27 rentas procedentes de los esclavos y los siervos), sea que proceda de valores bursátiles u otras fuentes modernas. Ni el obrero ni el empres ario (y esto hay que tenerlo muy en cuenta), especialmente el gran empresario moderno, son libres en este sentido. Pu es también el empresario, y precisamente él, está ligado a su negocio y no es libre, y mucho menos el empr esario industrial que el ag rícola, dado el carácter estacional de la agricultura. Para él es muy difícil en la mayor parte de los casos hacerse representar por otro, aunque sea transitoriamente. Tampoco es libre, por ejemplo, el médico, y tanto menos cuanto más notable sea y más ocupado esté. Por motivos puramente técnicos se libera, en cambio, con mucha mayor facilidad el abogado, que por eso ha jugado como político profesional un papel mucho más importante que el médico y, con frecuencia, un papel resueltamente dominante. Pero no vamos a continuar con esta casuística. Lo que nos importa es poner en evidencia algunas consecuencias de esta situación. La dirección de un Estado o de un partido por gentes que, en el sentido económico, viven para la política y no de la política, significa necesariamente un reclut amiento fiplutocráticofl de las capas políticamente dirigentes. Esta afirmación no implica, naturalmente, su inversa. El que tal dir ección plutocrática exista no significa que el grupo políticamente dominante no trate también de vivir fidefl la política y no acostumbre a utilizar también su dominación política para sus intereses económicos privados. Evidentemente, no se trata de eso. No ha existido jamás ningún grupo que, de una u otra forma, no lo haya hecho. Nuestra afirmación significa simplement e que los políticos profesionales de esta clase no están obligados a buscar una remuneración por sus tr abajos políticos, cosa que, en cambio, deben hacer quienes carecen de medios. De otra parte, tampoco se quiere decir que los políticos carentes de fortuna se propongan solamente, y ni siquiera principalmente, atender a sus propi as necesidades por medio de la política y no piensen principalmente fien la causafl. Na da sería más injusto. La experiencia enseña que para el hombre adinerado la preocupación por la seguridad de su existencia es, consciente o inconscientemente, un punto cardinal de toda su orientación vital. Como puede verse sobre todo en épocas extraordinarias, es decir, revolucionarias, el idealismo político totalmente desinteresado y exento de miras materiales es propio principalmente, si no exclusivamente, de aquellos sectores que, a consecuencia de su falta de bienes, no tienen interé s alguno en el mantenimiento del orden económico de una determinada sociedad. Queremos decir únicamente que el reclutamiento no plutocrático del personal político, tanto de los jefes como de los seguidores, se apoya sobre el supuesto evidente de que la empresa política proporcionará a este personal ingresos regula res y seguros. La política puede ser fihonorariafl, y entonces estará regida por personas que llamaríamos fiindependientesfl, es decir, ricas, y sobre todo por rentistas; pero si la dirección política es accesible a personas carentes de patr imonio, éstas han de ser remuneradas. El político profesional que vive de la política puede ser un puro fiprebendadofl o un fifuncionariofl a sueldo . O recibe ingresos provenientes de tasas y derechos por servicios determinados (las propinas y cohechos no son más que una variante irregular y formalmente ilegal de este tipo de ingresos), o percibe un emolumento fijo en especie o en dinero, o en ambas cosas a la vez. Puede asumir el carácter de un fiempresariofl, como sucedía con el condottiero o el arrendatario o comprador de un cargo en el pasado y sucede hoy con el boss america no, que considera sus gastos como una inversión de capital a la que hará producir beneficios utilizando sus influencias. O recibe un sueldo fijo, como es el caso del redactor de un periódico político, o de un secretario de partido o de un ministro o funcionario político moderno. En el pasado, las remuneraciones típ icas con que los príncipes, conquistadores o jefes de partidos triunfantes premiaron a sus seguidores fueron los feudos, las donaciones de tierras, las prebendas de todo género y, más tarde, con el desarr ollo de la economía monetaria, las gratificaciones especiales. Lo que los jefes de partido dan hoy como pago de servicios leales son cargos de todo género en partidos, periódicos, hermandades, cajas del Seguro Social y organismos municipales o estatales. Toda lucha entre partidos persigue no sólo un fin objetivo sino también, y ante todo, el control en la distri bución de los cargos . Todos los choques entre tendencias centralistas y particularistas en Alemania giran en torno al problema de quién ha de tener en sus manos la distribución de los cargos, los poderes de Berlín o los de Munich, Karlsruhe o Dresde. Los partidos políticos sienten más una reducción de su participación en lo s cargos que una acción dirigida cont ra sus propios fines objetivos. En Francia, un cambio político de prefectos es cons iderado siempre como una revolución mayor y arma mucho más ruido que una modificaci ón del programa gubernamental, que tiene un significado casi exclusivamente fraseológico. Cierto s partido, como, por ejemplo, los americanos, se han convertido, desde que desaparecieron las viejas controversias sobr e la interpretación de la Constitución, en partidos cazadores de cargos, que cambian su programa objetivo de acuerdo con las posibilidades de captar votos. Hasta hace pocos años, en España se alternaban los dos grandes partidos, mediante fieleccionesfl fabricadas por el poder y siguiendo un turno fijo convencionalmente establecido para proveer con cargos a sus respectivos seguidores. En las antiguas coloni as españolas, tanto con las fieleccionesfl como con las llamadas firevolucionesfl, de lo que se trata siempre es de los pesebres estatales, en los que los vencedores desean saciarse. En Suiza los partidos se repart en pacíficamente los cargos en proporción a sus respectivos votos, y algunos de nuestros proyectos constitucionales firevolucionariosfl, por ejemplo, el

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